CUENTO: No derrames tus cenizas en mi dolor

Por Andrés Lasso Ruales


 

El sol de junio azota sin piedad,   por acá el astro rey no cae en pedazos sino con toda su furia,  su brissho en este lugar del mundo es parecido al  fulgor de una linda pebeta de barrio porteño.

Soy Lautaro Montana, tengo 33 años, tanguero y cronista originario de Boedo e hincha del Ciclón (San Lorenzo de Almagro), estoy aquí  sentando en el Olímpico Atahualpa, nombre del estadio de la beessha Quito: capital ecuatoriana. Su nombre no tiene nada que ver con uno de mis ídolos musicales AtahualpaSshupanqui, sino se debe al caudissho inca que dominó con gran destreza éstas tierras en el siglo XVI antes de la sshegada de los gasheegos conquistadores.

Es el primer domingo de junio de 1996 y la albiceleste comandada por el Káiser Daniel Pasarella juega contra la tri como lo sshaaman acá, por lo menos los quiteños. Me ha nacido relatar una especie de crónica tango, ojalá se convierta en un nuevo género híbrido de la literatura y de la música porteña, es un experimento que ojalá no se desvíe de mis pretensiones.

Albiceleste  mi mayor deseo es verte  triunfal y al ritmo de la gambeta del Burro y de  la potencia del Bati quiero ganar, ¡Mamita, querida! que estás en el cielo asshuda a los muchachos para la alegría de este humilde tanguero.

El partido comienza y un rubio que  tiene el pelo como indio y  que no podés negar que es un crack, y que el masshoor ídolo por estos pagos, Alex Aguinaga, toca para adelante a un brasilero ecuatoriano sshamado Gilson de Souza,  es increíble como los brasileros siempre nos quieren mufar, pero no podía gritar, “brasilero hijo de mil putas”.

La pelota parece que tiene vida, el número 15 de Ecuador coloca un pase a un grone enorme apodado de Tanque Hurtado, ¡más tronco, el forro!,  pero por suerte es derrivado por el eficaz  Sensini.

Los  insultos ecuatorianos quieren herir mi alma, pero sho no arrugo, porque el argentino  siempre recordá su estirpe, qué pena que el Pelusa ssha no tenga la diez y  nos ssheve al cielo. ¡Vamos, Argentina! Carajo. 

De nuevo ese cacique Aguinaga gambetea como loco por la derecha mete un centro   y por suerte no sshega el petiso  número quince. El chiquito Bossio  la lorgó atajar. Y ahora comienzo a sufrir como cuando el  “Ciclón” no jugaba  a nada en los años ochenta.

Patria mía, no aflojés apúrate y acórdarte de la gesta de Turín  cuando  el tango apabusshó a la bossa nova. ¿Dónde estás? Diego volvé, volvé te lo pido ¡Por favor!

No entiendo ¿por qué? se mete atrás Pasarella, no lo puedo creer, el Bati  tuvo una y la mandó a la mierda.  Mientras los ecuatorianos  corren porque no saben más sólo destaco al diez Aguinaga que juega en México y a esemufa del brasilero shhamado de SShilson.

Brasil me perseguís a todo lado, olvídate de ese orgussho imperial  y dejá volar las alas de libertad del General San Martín, cómo me gustaría  volver volando al sur y sus delicias.

Después de la culminación del primer tiempo sigo escribiendo en este cuaderno de tanguero forjado. El sol ha perforado mi cabeza, y la altura comienza causar estragos, me siento débil y no puedo respirar. Acá venden una birra sshamada Pilsener, que parece agua y no cerveza,  el olor a picante  invadió todo el estadio, que manera de comer de los ecuatorianos: empanadas,  un maíz sshamado  mote con menudencias de cerdo, un helado seco que cuando lo probé casi me quedo sin lengua,  algunos toman aguardiente  y están  bien en pedo y todo eso al medio día de la mañana. Por mi parte shooo extraño la muza, la Quilmes, o un asadito con los amigos, pero me siento un pelotudo, solo me quejo y me quejo acá están contentos de todo,  lo único que les interesa es disfrutar, ssho me siento para el orto,  porque les quiero ganar y gritar el gol, pero ahora  recuerdo que mi abuelo tenía razón: los porteños nos parecemos bastante a los parisienses, solo vivimos para quejarnos, deberíamos aprender un poco de este pueblo  que queda en la mitad del mundo.

No quiero más este sol torturador, ésta altura pesada que mata al aire, ¡Aire! y en seguida me viene Buenos Aires, aires buenos de ciudad divina de mi corazón por lo menos  me alienta que vuelvo pronto a mi barrio y me despido de éste sol azotador, ojalá los muchachos salgan con todo para matar a esa altura despiadada que mata al tango.

Arranca el segundo tiempo y  Ecuador sigue con la pelota, los muchachos argentinos parecen estatuas, sus piernas cada vez se mueven menos, otra vez este  número 15 que ssha no me acuerdo como se shaama, va por la izquierda, sho cruzo los dedos, por suerte es  pata dura  y la manda a la mierda, pero sé  que shaaa mismo cae el gol de estos grones.

Agarro un poco de aire y digo: ¡Vamos!   miro al cielo donde está el barba y le suplico: ¡Volvé a meter la mano como a los ingleses! 

De nuevo Ecuador ataca,  ahora  agarra la pelota un grone petisito que se apesshida Fernández, algunos de los hinchas lo shaaman de “El Cuchissho”,  cambia de lado, y la pelota vuela y sshega a Aguinaga que  quiebra hacia adentro, y con la izquierda manda un centro, el número cinco  la agarra de primera y  un tal Montaño  se zambusshe de palomita y  la coloca adentro.

Mi corazón se apretó, la gente que en su mayoría ssha estaba en pedo, desbordaba una alegría inmensa, como cuando nosotros festejábamos la copa del 86. ¡Qué sufrimiento!.

Gracias ¡Barba! Ahora en el campo está el pájaro que aniquiló a Brasil  en Italia, sólo falta Diego la damo vuelta como tanta veces en el potrero, como lo hacíamos cuando éramos pibes.

Ahora a los tiempos un ataque argentino y el Burro  de un bochazo coloca un banquete al  Cani  y éste la toca sutilmente pero el arquero la atajó  sin ningún problema. El pájaro ssha no vuela como antes, una cosa de ¡locos!

El cansancio se apoderó del equipo argentino y de mi persona, el partido ssha estaba sentenciado. El Tanque, ese grone enorme, tuvo dos clarísimas, pero por suerte cómo es un tronco no pudo con el chiquito Bossio.

Sufro porque está en mi esencia, tanto en la derrota como en la victoria, falta poco pero muchachos vamos  a no aflojar, a dar todo por los colores.

El segundo gol vino como otro sol  fulminante  y destrozó  la sed victoria del pueblo argentino. De nuevo ese rubio del pelo liso  mete un pase magistral al  Tanque Hurtado, que agarró a la pelota, la acomodó un poco y sacó un sablazo para guardarla adentro. Partido Liquidado. Cerré el cuaderno y  me fui  a la mierda, perdiéndome en la alegría ajena y  me fui al hotel para terminar éste relato.

No tuve la suerte de San Martín, de ver  flamear los colores de la victoria: ¡ira!,! ¡ira!, y mucha bronca  al escuchar a  Pasarella decir: “En la altura la pelota no dobla”, el mal argentino de tener pretexto para todo, ¡Ché! Kaiser lo que no dobla  es el corazón de la hinchada. ¡No derramés tus cenizas en mi dolor! ¡Por favor, te lo pido! 

 

Tipo de Literatura: